
Remeras de Systen Of a Down, Tool, Pink Floyd, Korn y Pearl Jam, se mezclaban con miles de Héroes del Silencio en la cálida noche de Caballito. Jornada rockera de la mano de Enrique Bunbury, gran conocedor de estas tierras que visita la región año tras año, trayendo siempre nuevas canciones que mostrar, en este caso las pertenecientes a su disco más latinoamericano: “Licenciado Cantinas”.
Con impronta de bodegón, y acompañado por una estupenda banda llamada “Los Santos Inocentes”, Quique hace pie con desparpajo sobre el escenario, su lugar en el mundo, y lleva clavados los casi 10 mil pares de ojos presentes sobre el lomo, sin que esto le haga mella.
Canta y baila inmerso en un traje negro con vivos naranjas, gesticula y se desenvuelve con maestría, hace pie con “canciones cantineras y revolucionarias” de su última placa como la cumbia “El solitario” y la ranchera “Ánimas, que no amanezca”; o ya clásicos como “El Extranjero”, “La señorita hermafrotita” y “Sácame de aquí”.
El guitarrista Álvaro Suite es a Bunbury lo que Caniggia a Maradona. Alero derecho en el escenario como en un bar, lleva el swing en su acústica, y se complementa mágicamente con la filosa guitarra de Jordi Mena para introducir “Que tengas suertecita” o al acompañar la faceta boxeadora del anfitrión en “No me llames cariño”, de cadenciosa percusión.
Las luces naranjas envuelven a la banda, que suena fuerte y clara en todo el estadio, aunque recibe quejas de un pequeño grupo que se ubica pegado al artista, en lo que se denomina “campo vip” que llevan a Bunbury a patear un monitor como reclamo. Muchas veces estar tan cerca no es sinónimo de ubicación de privilegio en lo que a sonido respecta.
Con la lírica siempre puesta en la idea del trovador vagabundo, que siempre está de paso trayendo sus alegrías y pesares, el ex líder de los Héroes del Silencio repasa perlas de su carrera solista como “De todo el mundo”, “Sí” y “El Hombre delgado que no flaqueará jamás”, dejando de lado, por completo, y sin quejas del público, las gemas de la banda que comandó décadas atrás.
Más de veinte temas sin respiro a lo largo de dos horas tuvieron como epílogo “un blues de Atahualpa Yupanqui”, como presentó a la zamba “El cielo está dentro de mí”, y el tango “Cosas olvidadas”, con acordeón y acústicas, dos perlas dedicadas a la Argentina incluidas en “Licenciado Cantinas”.
Luego de un corto amague, “Y al final”, del disco “Flamingos”, invitaba a la despedida al treintañero publico que acompañó la vuelta de Enrique Bunbury, este rockero bohemio y desfachatado que, como en cada paseo por Buenos Aires, no dejó gota por sudar, y puso todas sus credenciales arriba de la mesa entregando una especialísima noche de cantina.Leandro Peredo
Redacción de El Acople























